Luego cruzó el pasillo, bajó al
sótano y mató al prisionero.
Se había convertido en un huésped
no deseado. Llevaba tiempo queriendo deshacerse de él. No soportaba sus ruidos,
ni las migas que dejaba al comer. Había destrozado su colección de vinilos, y
ese fue el detonante. Lo intentó con veneno, pero el ladino no probó bocado.
Después dejó pequeñas trampas estratégicamente repartidas y esperó. Escuchó un
chasquido en la quietud de la noche.
Al subir las escaleras se
encontró con la pequeña de la casa que gritó horrorizada: “¡papá ha matado al
ratoncito Pérez!”. Ese fue el único fallo de un plan perfecto.
Microrrelato presentado a la semana 21 de "Relatos en Cadena"
