viernes, 25 de noviembre de 2016

El día que me sobró Diógenes





El día que te fuiste me sobró puchero para dos. Me faltaron tus camisas, tus calcetines, esos de color gris que te empeñabas en calzar y sobresalían entre los perniles de los pantalones.   No querías los negros, los de toda la vida. Tus chaquetas: la de pana, la negra de paño, la gris de verano. Todas siguen en el armario. Les puse unas fundas. Están en el lugar dónde las dejaste, igual que tus gafas. En la mesita de noche, junto al libro que estabas leyendo. En el mismo sitio, y cerré. No he vuelto a entrar. Tampoco encuentro la llave. La habrá cogido algún gato. No la quiero. Me da lo mismo. O sí me importa, pero no puedo. No sé dónde duermo. A veces aquí, otras allí. Encima de esas bolsas, debajo de esos trapos o al lado de esas latas. Encima de estos cartones... Sigue leyendo en la web de la revista Zoque...



jueves, 25 de agosto de 2016

Palabras






Distantes son
las palabras
y las sombras.
Lejanas como el recuerdo.
Conviven
pero solo existen en la boca,
o en la memoria
confundida.
Olvido del presente,
como las sombras,
y las palabras,
cuando se van
dejando un eco sordo,
agonizante,
rebelde
y remoto.



Foto: Mabel Amber



miércoles, 11 de mayo de 2016

El náufrago






El mar lo trajo y el mar se lo llevó. Apareció en la playa, envuelto en algas y casi desnudo. En la aldea, a lo largo de los años habían visto muchos náufragos. Llegaban deshidratados, con la cara quemada por el sol, algunos vivos y otros muchos muertos. Los habitantes de aquella zona del caribe estaban acostumbrados a tropezar con los cuerpos en las playas. María Zulaida se persignaba cada vez que veía un montículo varado en la arena. A veces solo era una tortuga gigante o los restos de un barco. Pero aquella mañana el mar había escupido un muchacho. Lo llevaron como a otros habían llevado antes a la enfermería del pueblo. El médico lo dio por sano después de que hubiera bebido y comido todo lo necesario. No sabía su nombre, tampoco recordaba qué había pasado. Su vida comenzó justo en el momento que levantó la cabeza en la orilla y vio a María persignándose con cara de espanto. Le dieron un tiempo prudencial. Ya había pasado otras veces, con otros náufragos, todos acababan recordando y volviendo a sus tierras, con sus familias y sus mujeres. Pero este seguía sin saber quién era y de dónde venía. Así que decidieron llamarle Marino porque el mar era todo lo que sabían de él. Lo adoptaron y le dieron un oficio. Ayudaba a los pescadores en la lonja porque nadie lo quería en su barco, pensaban que era de mal agüero llevar a un náufrago a bordo. “Lo que el mar trae el mar se lleva”, decían los más viejos. Incluso las mujeres, velando por su persona, no dejaban que se acercara a la orilla. “Eres hijo del mar, y las madres siempre vuelven por sus hijos”
Acabó casándose con María Zulaida porque decía que ella era su primer recuerdo y el último antes de irse a dormir. La familia de la novia puso reparos al compromiso, sobre todo la abuela, que sabía vaticinar el futuro en la forma de las nubes y en el sonido del viento. Pero como el amor solo es cosa de dos, finalmente celebraron la boda el día del solsticio de verano, por ser el más largo.
A media noche, como es tradición, los invitados se bañaron en el mar para limpiar las almas y atraer la buena suerte e incitaron a la novia que rodearon de flores. Marino cogió entonces en brazos a su mujer y se dirigió hacia el oleaje ante los gritos de los presentes.
Al contacto con el agua, María dejó de sentir los brazos que la sostenían y en vano buscó a su esposo entre las olas. Tal y como vino se fue.
Esta vez lo último que vio Marino antes de dormirse para siempre fue una luz que provenía de la superficie. Le vino a la memoria su nombre, su madre y su pasado, mientras una bandada de peces ascendían hacia la claridad y él se hundía lentamente hacia los fondos inexplorados del océano.
La gente del pueblo empezó a decir que la mar, muerta de celos se lo había llevado, y contaban la historia a sus hijas, para que no se casaran con los náufragos que seguían llegando a las orillas, envueltos en algas y desnudos, confundiéndose con tortugas marinas y despojos de barcos. 



Foto: 贝莉儿 NG


jueves, 7 de abril de 2016

Una sensación de culpa






Un mendigo en un banco mientras
pasas raudo hacia el centro comercial
un sin nombre
un desecho
una persona al fin y al cabo
grita, habla solo
te apartas asustado
por si acaso, acelerando el paso
que cierran los comercios
la pena te inunda y sin embargo no puedes hacer nada
luego lo olvidas
hay tantos
en cada esquina
no está en tus manos
acaso en las manos de la sociedad o del estado
no en las tuyas
y piensas que quizás esté enfermo, de la mente
lo más seguro
que se curaría con medicación
con una cama y alguien que se ocupara de él
porque no tiene a nadie, está solo en el mundo
en el mundo y sus abismos
sin embargo corres
vuelas
sucumbes a la boca del consumismo
olvidas
porque cierran las tiendas
y ya no nos queda nada por lo que luchar.



Foto: Mikael Kristenson


lunes, 7 de marzo de 2016

Lo que me falta



Esto es todo lo que me falta
un puñado de palabras y un manojo de semillas.
Esperar que brote de la lengua,
que llegue a tu garganta,
florezca en el estómago
y se deshaga en infinito.
Protegerlas entonces, del viento,
de la lluvia ácida y las mareas.
Es todo lo que me falta,
un puñado de luciérnagas
que enciendan el poema,
que se quede,
saberme perdida y despertar
retando a los inviernos
hundiendo lo insalvable
vomitando violetas
con las manos llenas de versos
y los ojos saciados de estrofas.


Foto:  Clementine