jueves, 25 de agosto de 2016

Palabras






Distantes son
las palabras
y las sombras.
Lejanas como el recuerdo.
Conviven
pero solo existen en la boca,
o en la memoria
confundida.
Olvido del presente,
como las sombras,
y las palabras,
cuando se van
dejando un eco sordo,
agonizante,
rebelde
y remoto.



Foto: Mabel Amber



miércoles, 11 de mayo de 2016

El náufrago






El mar lo trajo y el mar se lo llevó. Apareció en la playa, envuelto en algas y casi desnudo. En la aldea, a lo largo de los años habían visto muchos náufragos. Llegaban deshidratados, con la cara quemada por el sol, algunos vivos y otros muchos muertos. Los habitantes de aquella zona del caribe estaban acostumbrados a tropezar con los cuerpos en las playas. María Zulaida se persignaba cada vez que veía un montículo varado en la arena. A veces solo era una tortuga gigante o los restos de un barco. Pero aquella mañana el mar había escupido un muchacho. Lo llevaron como a otros habían llevado antes a la enfermería del pueblo. El médico lo dio por sano después de que hubiera bebido y comido todo lo necesario. No sabía su nombre, tampoco recordaba qué había pasado. Su vida comenzó justo en el momento que levantó la cabeza en la orilla y vio a María persignándose con cara de espanto. Le dieron un tiempo prudencial. Ya había pasado otras veces, con otros náufragos, todos acababan recordando y volviendo a sus tierras, con sus familias y sus mujeres. Pero este seguía sin saber quién era y de dónde venía. Así que decidieron llamarle Marino porque el mar era todo lo que sabían de él. Lo adoptaron y le dieron un oficio. Ayudaba a los pescadores en la lonja porque nadie lo quería en su barco, pensaban que era de mal agüero llevar a un náufrago a bordo. “Lo que el mar trae el mar se lleva”, decían los más viejos. Incluso las mujeres, velando por su persona, no dejaban que se acercara a la orilla. “Eres hijo del mar, y las madres siempre vuelven por sus hijos”
Acabó casándose con María Zulaida porque decía que ella era su primer recuerdo y el último antes de irse a dormir. La familia de la novia puso reparos al compromiso, sobre todo la abuela, que sabía vaticinar el futuro en la forma de las nubes y en el sonido del viento. Pero como el amor solo es cosa de dos, finalmente celebraron la boda el día del solsticio de verano, por ser el más largo.
A media noche, como es tradición, los invitados se bañaron en el mar para limpiar las almas y atraer la buena suerte e incitaron a la novia que rodearon de flores. Marino cogió entonces en brazos a su mujer y se dirigió hacia el oleaje ante los gritos de los presentes.
Al contacto con el agua, María dejó de sentir los brazos que la sostenían y en vano buscó a su esposo entre las olas. Tal y como vino se fue.
Esta vez lo último que vio Marino antes de dormirse para siempre fue una luz que provenía de la superficie. Le vino a la memoria su nombre, su madre y su pasado, mientras una bandada de peces ascendían hacia la claridad y él se hundía lentamente hacia los fondos inexplorados del océano.
La gente del pueblo empezó a decir que la mar, muerta de celos se lo había llevado, y contaban la historia a sus hijas, para que no se casaran con los náufragos que seguían llegando a las orillas, envueltos en algas y desnudos, confundiéndose con tortugas marinas y despojos de barcos. 



Foto: 贝莉儿 NG


jueves, 7 de abril de 2016

Una sensación de culpa






Un mendigo en un banco mientras
pasas raudo hacia el centro comercial
un sin nombre
un desecho
una persona al fin y al cabo
grita, habla solo
te apartas asustado
por si acaso, acelerando el paso
que cierran los comercios
la pena te inunda y sin embargo no puedes hacer nada
luego lo olvidas
hay tantos
en cada esquina
no está en tus manos
acaso en las manos de la sociedad o del estado
no en las tuyas
y piensas que quizás esté enfermo, de la mente
lo más seguro
que se curaría con medicación
con una cama y alguien que se ocupara de él
porque no tiene a nadie, está solo en el mundo
en el mundo y sus abismos
sin embargo corres
vuelas
sucumbes a la boca del consumismo
olvidas
porque cierran las tiendas
y ya no nos queda nada por lo que luchar.



Foto: Mikael Kristenson


lunes, 7 de marzo de 2016

Lo que me falta



Esto es todo lo que me falta
un puñado de palabras y un manojo de semillas.
Esperar que brote de la lengua,
que llegue a tu garganta,
florezca en el estómago
y se deshaga en infinito.
Protegerlas entonces, del viento,
de la lluvia ácida y las mareas.
Es todo lo que me falta,
un puñado de luciérnagas
que enciendan el poema,
que se quede,
saberme perdida y despertar
retando a los inviernos
hundiendo lo insalvable
vomitando violetas
con las manos llenas de versos
y los ojos saciados de estrofas.


Foto:  Clementine

jueves, 11 de febrero de 2016

UN SONETO





Yo estaré tan viva que tu memoria
aleteará dormida en mis pupilas
y el tiempo abandonado que destilas
me sobra tanto olvido sin tu gloria.

La distancia que a voces ilusoria
sobre la boca en el corazón hila
sobre la mano ladrando mutila
tu sombra en la noche mortuoria.

No es el frío, ni lluvia, ni ventana
es tu voz que en la nada se ha perdido
y grita en el silencio de este mundo

para siempre en tus ojos ya dormidos.
Palpita la latitud más lejana,
lejana en mi infinito moribundo.


Foto:  Clementine


domingo, 17 de enero de 2016

Distintas







Ha roto la ventana como quien rompe un castillo de naipes. Los cristales han saltado en diminutos diamantes por doquier, rodando por el suelo como canicas escondiéndose debajo de los muebles. Ella fría, me mira y sigue gritando, cómo si no fuera consciente del estropicio que acaba de hacer. Se acerca hacia mí muy despacio. El vidrio cruje bajo las suelas de sus botines. Ha dejado de gritar, no me gusta la forma en que me mira. Sobre la mesa hay un trozo de los grandes, brillante, lo coge y lo aprieta. La sangre comienza a correrle por la muñeca. Retrocedo hasta que choco con la estantería. Las yemas de mis dedos acarician lomos de libros. No encuentro nada con qué defenderme. Se ha vuelto loca, aunque quizás no sea su culpa, reconozco que la envidiaba. Siempre me ha gustado su pelo rubio. No éramos ni siquiera parecidas, aunque nuestra madre se esforzara en vestirnos igual. No sé por qué las princesas tienen que ser rubias. En los juegos yo tenía que hacer de sapo, de jorobado, de príncipe o de doncella. Esto último si me gustaba. Disfrutaba cepillándole el pelo, haciéndole trenzas. En los veranos íbamos a la casa de campo de los abuelos, pasábamos los días corriendo por la pradera, bañándonos en el río lejos de cuadernillos de cálculo, pizarras y clases de francés. Había un niño en el pueblo que me gustaba, se llamaba Andrés, era hijo del lechero. Todas las mañanas nos traía la leche en su bicicleta. Llegaba despeinado y se iba a toda prisa para terminar sus recados. A veces entraba en la cocina mientras la abuela hervía el cántaro y tomábamos una rebanada de pan con mantequilla. Tenía el iris del color del cielo. Me gustaba despertarme temprano y esperar que viniera. Cuando llegaba, apenas hablábamos, solo nos mirábamos como se miran los niños en la edad en la que el otro empieza a ser un desconocido, y los juegos se dividen por sexos, en una mezcla de atracción y rechazo. El día que ella entró en la cocina demandando su tostada, los ojos de Andrés dejaron de mirarme, entonces comprendí que siempre sería invisible. Invisible para todos y para todo. Cuando mi madre mostraba orgullosa la foto de comunión que tenía en el aparador, de sus dos hijas vestidas de blanco con un rosario en las manos, la gente solo veía a una sola niña, preciosa, cómo un ángel, decían. Incluso yo misma llegué a dudar si realmente existía. Pero eso no volverá a pasar. Ahora es distinto. Quiero volver a ser solo yo, única, por eso se enfada, y busco con la yema de los dedos algo con qué defenderme, mientras ella alza el brazo ensangrentado dispuesta a atacarme. Cojo un tomo de El Quijote justo cuando lanza el cristal hacia mí. Solo me da tiempo a agacharme y taparme la cabeza con el libro. El choque se produce en la estantería y una lluvia cortante cae encima mía como una explosión de pequeñas luces. Luego, irrumpe a llorar arrodillada en el suelo y me pregunta que por qué precisamente su prometido.
Le digo que en la vida no se puede tener todo, la belleza y la felicidad no son semejantes, como nosotras. Me voy dejándola allí, tan pequeña, rodeada de cristales, y su imagen poco a poco desaparece. Ahora es ella la que se ha vuelto invisible.




miércoles, 16 de diciembre de 2015

Viene




Lo gris, cuando se acerca
lo hace despacio
con tiempo
Entra arrastrándose para que en esa distancia
pueda colarse lo oscuro
y así
cuando llega
ya es casi negro

Tú, ilusa
que lo viste venir y no hiciste nada
solo esperar

Que te atrape
Como la boa a su presa
Al ratón que permanece silente
Con el temor
de lo que se aproxima
En un vacío 
ronco y sin tregua




Foto: Delfi de la Rua


jueves, 12 de noviembre de 2015

El tigre agazapado


Podéis leer un nuevo relato pinchando en la siguiente imagen que es una fotocomposición de Chus Moreno Arévalo. Espero que os guste.








jueves, 8 de octubre de 2015

Número 10 de la revista Zoque



Os quiero presentar el nuevo número de Zoque, que es una revista de difusión gratuita. Ahora mismo se puede disfrutar en Internet y próximamente se publicará en papel para la ciudad de Málaga.          Tengo la suerte de participar por segunda vez con un relato que se llama "ALETEO" que podéis ver en el enlace siguiente.

Muchas gracias por el apoyo y el seguimiento que recibe el blog, intentaré continuar publicando aunque con menos frecuencia.








martes, 9 de junio de 2015

Lunares






El instante en que comienzan las cosas,
ese que pasa desapercibido
porque el tiempo es así de caprichoso,
me hace pensar en la gota de lluvia
que deja lunares en las baldosas
y me recuerda 
a la mirada que se cruzó
una vez con la tuya,
que no pareció nada entonces,
y sin embargo
ahora lo es todo.


jueves, 14 de mayo de 2015

Aroma





Una mañana en la butaca,
las cenizas suspendidas
encima del cenicero
por la brisa que entra
a través de la puerta.
Un calcetín sucio
busca su media naranja
entre los cojines del sofá,
y el sujetador olvidado
en una silla,
es el único resto de amor
que se puede acariciar todavía.
Mientras él se despereza lentamente
en la butaca
sin saber que ella se ha ido,
su perfume
aún se mezcla
con la brisa que corre
por la puerta entreabierta.


Foto: Jay Mantri

martes, 28 de abril de 2015

Patio de butacas






Parece sencillo mirar hacia otro lado
cuando no es tu piel la que clama,
cerrar los ojos cuando pasan las miserias,
lentamente,
intentando hacerse ver sin ser vistas,
y nosotros,
como ajenos al mundo
sonreímos,
olvidando el papel
que nos ofrece,
una y otra vez la vida.



Foto: raganmd 

lunes, 6 de abril de 2015

Madrugada




     La calle desierta a estas horas parece distinta,
     se despereza lentamente
     cuando subo al coche cada amanecer,
     autómata de la rutina.
     Los papeles en la mesa me esperan.
     La mañana abre los ojos fuera,
     mientras cierro las persianas
     de la oficina dentro.
     La vida que entra a través de las ventanas,
     se refleja en la pantalla
     haciéndome olvidar las tareas
     cuando habla, 
     y no quiero escucharla,
     porque parece que dice:
     “déjalo todo, ven”
     y no puedo irme.


Foto: Bruno Marinho

jueves, 26 de marzo de 2015

La Huída




Había cuatro hombres sentados alrededor de un fuego de débil llama. Encima de una piedra encendida se calentaba sopa en tazones de hojalata. Las estrellas miraban curiosas conscientes de ser protagonistas en la bóveda de la noche. Los matorrales escondían las pequeñas alimañas del monte; a veces se podía escuchar algún movimiento entre sus zarzas, claro y solitario, luego se apagaba para ser sustituido por algún grillo. A las faldas de la montaña, discurría un riachuelo que también participaba de los sonidos en la oscuridad. La húmeda roca caliza, insistía en competir con la tierra en calar los huesos de quienes no estaban preparados para sobrevivir a la sierra, olvidándose de las conchas milenarias que también formaban parte del sustrato del suelo. Uno de los hombres se retiró a un pequeño refugio hecho con troncos y ramas, a dormir.  Otro, se encendió un cigarrillo con una pequeña llama que quería subir hacia el firmamento. Tenía el pelo color ceniza despeinado de muchos días, le ofreció uno al hombre corpulento de su derecha que hizo un movimiento con la mano para declinar la invitación y sacar de una bolsa una armónica. Jemie, que estaba sentado enfrente lo aceptó, aspirando su aroma despacio. Le faltaba el dedo meñique de la mano derecha que escondía de las miradas indiscretas con unos guantes. En el metal del instrumento se reflejaba la lumbre.
—Sabes que no puedes tocarla.
—No voy a hacerlo, solo la miro e imagino la melodía.
—El camino que ha trazado Jacob no me parece seguro.
—Él lo conoce.
—Por su culpa he perdido un dedo.
Los tres guardaron silencio unos minutos como si quisieran dar espacio a las palabras, centrándose en el crepitar de la hoguera, mientras los troncos se volvían carbón.
—Creo que deberíamos seguir avanzando.
—Llevamos veinte días sin descansar. Podrías aprovechar, Simon y yo haremos la guardia.
—No me fío, prefiero quedarme.
—Cómo quieras, yo voy a echar una cabezada.
Levi apoyó su pelo color ceniza sobre la bolsa de Simon para paliar la dureza del suelo, mientras Jemie se levantó para mear detrás de unos matorrales. Simon empezó a susurrar las canciones que le hubiera gustado tocar esa noche.
La temperatura había descendido un par de grados, Jemie movía los dedos dentro de los guantes para ahuyentar el frío. Le pareció ver un destello de luz a lo lejos. Se cerró la cremallera y avanzó en silencio, temeroso del sonido de sus propios pasos. Podía oír claramente el transcurrir de las aguas del río allá abajo. Anduvo unos metros buscando aquel destello y esperó unos minutos. Nada. Quizás lo había imaginado. Se dio la vuelta y escuchó unos ladridos. Aceleró el paso. Al llegar a la hoguera, Levi y Simon estaban dormidos. Apagó las brasas y huyó.
Huyó sin rumbo, monte arriba, su intuición le decía que, desde la cima que no estaba lejos, podría ver mejor el camino hasta la frontera. Las piedras rodaban al pisarlas, los matorrales y ramas de los arbustos se quedaban con jirones de su pantalón, pero no tenía tiempo de borrar las pistas, no era él quien corría desesperadamente, era la supervivencia, que traicionera, dejaba atrás cuatro compañeros dormidos. Pensó, que así ganaría algo de tiempo. Experimentaba un leve regocijo al imaginar que Jacob iba a recibir su merecido, probablemente alguno de aquellos perros le arrancarían a él también algún miembro “Fue un accidente Jemie, no fue mi culpa” musitaba para sí, “menudo imbécil”. Se lo podía imaginar allí durmiendo bajo la tienda hecha de ramas, ajeno a lo que se le venía encima. Los demás lo veneraban, se creía que lo sabía todo, el mejor camino, el mejor momento para descansar o proseguir.
Avanzaba sin sendero. A medida que ascendía, su camino era más rocoso, a veces tenía que escalar y era cuando se acordaba de su dedo meñique, refunfuñaba y seguía adelante siempre con el miedo pisándole los talones. En la cima volvió la vista atrás. Le pareció ver unas luces, probablemente ya hubieran alcanzado a los otros. Oteó el horizonte trazando el camino de descenso hasta la frontera, corrió y rodó como si fuera otra piedra más ladera abajo. Había perdido un zapato. La fina tela del calcetín se empapaba de barro y rojo. Con el corazón en la boca, le parecía que no iba a alcanzar el destino que divisó desde la cima, detrás de una arboleda, un kilómetro lo separaba de la libertad, de la vida. Sin sentir los pies seguía corriendo. Tras la espesura podía ver unas luces, quizás fueran casas, pensaba, probablemente se encontraría con una alambrada o quizás un muro. Cuando creyó estar cerca, disminuyó el paso zigzagueando entre los troncos y el ramaje. Una linterna le apuntó directamente a los ojos y un perro se abalanzó contra él.

Simon oyó el sonido de un disparo a sus espaldas. Cuando cruzaron la frontera, una familia los escondió en su hogar. Escaparon cuando Levi despertó de repente al escuchar a lo lejos unos ladridos. Corrieron siguiendo a Jacob que los condujo todo el recorrido sin descanso. Jemie había desaparecido. No tuvieron tiempo de buscarlo.


Había tres hombres sentados alrededor de una chimenea de débil llama en un remoto pueblo de Eslovaquia. Una señora con pañuelo en la cabeza les sirvió sopa caliente en tazones de barro. Un hombre con el pelo color ceniza encendió un cigarro arrugado que sacó del bolsillo. El corpulento de su derecha comenzó a tocar una melodía en una armónica. Todos escuchaban absortos, confortados por el crepitar las llamas. En su brazo izquierdo, parecían bailar unos números tatuados al compás del instrumento. El amanecer les daba la bienvenida a través de los sucios cristales.




Foto: Sylwia Bartyzel 

jueves, 12 de marzo de 2015

Árbol caduco

















Las hojas que caen en otoño
me susurran que es efímero el tiempo
porque se escurre entre los dedos
como la lluvia
y desaparece si miras atrás.

Al cerrar la puerta de tu jardín,
las horas se detienen
desafiando al cobrizo del arce,
que ausente y conforme se sitúa
allí en el lugar
que designó la naturaleza.

Perece lentamente el mantillo
y te vas,
entonces cimbrea la rama,
el viento persigue tus pasos,
y no sé si el tiempo
se para o acelera
en delirante circuito.

La brisa se ha quedado con tu eco
y ha devuelto mi mirada,
que lejana se deja vencer
en las hojas pisadas
por mis pies descalzos,
ya podridas y muertas.


Foto: Grzegorz Mleczek 

miércoles, 25 de febrero de 2015

Aquel lugar



















Pensar que pensando no avanzo,
sino retrocedo,
y al soñar solo quedo distraída
en las nubes
que con brazos de agua
me empapan de promesas sin rúbrica.
Si caigo a la tierra,
mis ojos se llenan de verde
y se vacían de mar en la noche.
Saber el camino
para andar de tu mano sin pausa,
seguir la senda correcta
sin ahogarme en los charcos,
trazar la ruta del viaje perfecto,
subirnos al tren que nos lleve al lugar
donde no nacen los miedos,
el paso firme al soñar
porque solo soñando 
nos vestimos de sueños,
y la vida no perece a los ojos
sino que sigue

hasta el final de los días.


Foto: Sylwia Bartyzel 

miércoles, 18 de febrero de 2015

Tus sombras





Cubierta de sombras,
ovillo de brazos,
oculta la cara,
siento el palpitar de los días.
Como un vendaval sin viento,
amarrada a tus ojos,
esperando la luz
que despierte
mi conciencia. 




Foto: Volkan Olmez

lunes, 9 de febrero de 2015

Las viandas





Hace unas semanas que me mudé y siendo conocedor de la costumbre de agasajar con viandas al recién llegado, tenía previsto no abrir la puerta para dejar claro mi carácter huraño, pero el gato entró por alguna ventana, obligándome a devolverlo a una dueña que, bandeja de galletas en mano, esperaba paciente en la entrada. Le entregué el dichoso animal y acepté de mala gana el presente.
Por la noche me despertaron unos maullidos. Me encontré con unos ojos felinos observándome en la oscuridad. No sé por dónde entró, pues dejé todo cerrado antes de acostarme. Empecé a vivir en tensión, a la escucha de cualquier ruido. Apuntalé las ventanas, y aún así, en la oscuridad seguía encontrándolo a los pies de mi cama.

Hallé la solución en la misma costumbre de la cual quería huir. Todo terminó cuando regalé a mi vecina un pastel de carne que comió con ansiedad, mientras buscaba al pobre gato.





Este microrrelato está incluido en el Libro Concurso Homenaje a Allan Poe de la Editorial ArtGerust.

lunes, 26 de enero de 2015

Salir






Hoy es un día de esos grises
porque la negrura se ha escondido
en algún lugar de mi pelo.
Fuera luce el sol con rabia,
y no entiendo
el porqué de esta oscuridad.

A lo mejor es un resfriado de tristeza
que se suena con pañuelos
y se va después de cinco días,
o quizás se acomode
haciéndose un nido
con los hilos de mis angustias.

Me da miedo que no quiera irse,
que le guste mi pecho
y se mude al corazón,
porque fuera hace sol,
y quiero salir
para sentir la calidez
de su luz en mi rostro.





Foto: Leon Ephraïm

viernes, 9 de enero de 2015

La búsqueda





Mira,
me dices mientras señalas.
Y yo miro,
pero no veo.

Mira,
repites porque busco
pero no encuentro.
¿No lo ves?
Preguntas mientras guías
mi cabeza hacia
el lugar de tu duda.
Y mis ojos rastrean tus alrededores
sin hallar nada.
Vuelve a mirar,
insistes.

Miro,
y ahora sí veo.

¿Qué ves?
Mis pupilas se ensanchan al descubrirte.
¿Qué ves?
Vuelves a preguntar.

Solo a ti, 

confieso.





Foto: Jennifer Trovato

martes, 9 de diciembre de 2014

Acaso






Dime si acaso 
nunca lo has sentido.
Entre el susurro y la mirada.
Allí se esconde la mayoría del tiempo,
o en la palma de mi mano,
porque sale por la punta de los dedos
cuando te toco.
Se escapa cuando te miro,
te huelo
y me callo todo lo que no digo.

Dime si acaso 
no lo ves,
porque huye de mis pupilas,
de mi lengua,
y lo canta a capela mi cintura cuando te acercas.
Es cuando todos los sonidos solo dicen tu nombre
y mis oídos solo oyen tus silencios.

Dime si acaso 
no lo escuchas,
porque tú eres todo lo que oigo,
lo que siento y lo que digo,
y parece que no te enteras,

y no lo dices

porque estas sordo, ciego
y mudo.




Foto: Chris Sardegna

martes, 2 de diciembre de 2014

La condena






Al escuchar su condena, se le cayó el mundo encima. Y aunque no fue hecho prisionero como los demás titanes, su castigo se consideró el más pesado. Por eso lo llamaron Atlas, el portador, porque desde entonces soporta sobre sus hombros la bóveda celeste.









Atlas y las hespérides. John Singer Sargent

domingo, 2 de noviembre de 2014

De un vasito de yogur

 



    De todas las aficiones que tenía, el pequeño huerto que había plantado en diversos cacharros era lo que más la llenaba. Los edificios envejecidos y la maraña de antenas que tapaban el horizonte, eran todo el paisaje que podía divisar desde su reducida terraza; y el verde lechuga, sumado al rojo tomate, eran los dos únicos colores que daban vida al gris del paisaje urbano.
     Poco a poco se fueron sumando más tonalidades a los vasitos de yogur y a las macetas recicladas. Tanto, que comer ensaladas se había vuelto, además de un placer, un orgullo conseguido con paciencia y dedicación.
     De un tiempo a esta parte, había notado que venían pajarillos a picar sus lechugas, y resolvió dar vida a Bautista. Lo vistió con camiseta, pantalón y sombrero, pintándole una enorme sonrisa que expresaba mofa o felicidad dependiendo del momento en que se mirara. Cumplió su cometido a la perfección, ningún ave que se preciara, osaba volar cerca de sus dominios. Incluso llegó a ser un experto hortelano, atreviéndose a valorar sobre qué semillas eran las mejores y en qué momento había que plantarlas. En ese punto tuvieron varias discusiones, y las ensaladas, en consecuencia, no sabían igual.
     Después de eso, su sonrisa socarrona había tomado un matiz perverso, o eso le pareció. Y algunas noches su silueta esperpéntica la despertaba aterrorizada, cuando el viento
soplaba fuerte y movía su camiseta hueca, llenándola y vaciándola, como si respirara tan fuerte que bailara al movimiento de los pulmones.
     La decisión le costó, pues él también había nacido de sus manos y de su huerto. Lo fue desvistiendo hasta dejarlo desnudo en dos palos atados en forma de cruz y una cara de trapo. Aún viéndose despojado de sus ropas y cercano a la muerte, su sonrisa indicaba desafío. Finalmente desapareció en el fondo de una bolsa de basura.
     Después de aquel incidente, las ensaladas retomaron el frescor que solo pueden tener las hortalizas recién recolectadas, aunque lechugas, tomates, escarolas y achicorias tuviera que compartirlas con algunos gorriones, que a cambio, aportaban vida al gris paisaje.



Foto:  Webvilla

miércoles, 8 de octubre de 2014

Arena y espada IV Final




 Tenía el cabello enlazado en pequeñas trenzas adornadas con flores silvestres, y un vestido de algodón azul adivinaba su figura desnuda. Se dejó poner brazaletes y un collar de piedras de colores provenientes de las cuevas de los acantilados. Las mujeres preparaban los regalos con los que obsequiaría a su futuro esposo, y ella observaba en silencio. Reflexionaba sobre el nuevo papel que debería desempeñar, ahora que no estaba su padre ni su hermano. Los thaadasis habían pedido una alianza, y los pocos sabios que quedaban, habían pactado su boda con el enemigo para asegurar la paz. Un tratado tan pobre que prometía el armisticio a cambio de su libertad y su dignidad como mujer; y sin embargo, ellos seguirían al otro lado del límite, donde no había vida natural, solo la fuerza del mar contra las rocas.
El cortejo nupcial había llenado las barcas de pétalos, de flores y telas de lana. Arena Blanca iba de pie en la canoa que presidía el trayecto. Su silueta y sus cabellos al viento se podían divisar desde la orilla, donde los thaadasis esperaban con cestas llenas de cereales y frutas. Al bajar de la barca, los presentes se inclinaron en señal de reverencia, y un joven alto se adelantó tendiéndole la mano. Avanzaron al compás de los cánticos que hablaban en otra lengua hasta que llegaron al poblado. Allí se intercambiaron los regalos de boda. En señal de confianza se ofrecieron mutuamente las armas, ella el arco y él la espada. El anciano mayor los bendijo y los presentes aclamaron a su nuevo thaadasar Eython el Pacificador, el tercero de su linaje y a su bella esposa, hija de Águila Blanca y heredera de su estirpe. La celebración duró hasta que no quedó más carne que comer, ni más sed que saciar.
Los novios se retiraron a la maloca y el sol terminó de ponerse por los árboles que rodeaban la laguna. Arena blanca permaneció inmóvil mientras veía a su esposo desnudarse. Tenía el cabello negro y la barba adornada con pequeñas arandelas. Su piel morena adquiría un color dorado a la luz de la vela que iluminaba la cabaña cubierta en pieles. Al ver aquel sexo al descubierto apartó la mirada. Eython se acercó a ella hasta que sus ojos se enfrentaron. La noche se cerró sobre el poblado y la candela terminó de consumirse. Fuera solo se escuchaba el suave cántico de una mujer que acunaba a un niño.


La primera madrugada de la boda del tercer Thaadasar amaneció bañada en sangre. La tribu de los asitas que habitaban más allá del límite, irrumpieron en el poblado asesinando a los thaadasis en sus propios camastros. Arena Blanca huyó del lecho nupcial al escuchar el sonido de los primeros cuernos, cuando la masacre estaba ya culminada, y el sabor amargo de la victoria regurgitaba a hiel.
Le había apartado los cabellos acariciando su piel, sosteniendo la daga en su cuello hasta que despertó desconcertado. La miró con dolor en los ojos. El dolor del amor que se sorprende traicionado, y Arena Blanca dudó. Su padre decía que las mujeres eran blandas para la guerra porque les padece el corazón al matar, y siempre quiso demostrarle lo contrario. La juzgaría desde el otro mundo si flaqueaba, pero Eython la apartó con fuerza de su lado sin que tuviera tiempo para reaccionar, saliendo precipitadamente al exterior preparado para la guerra. Se encontró con la desolación de los cuerpos de los suyos esparcidos por doquier. Arena Blanca oyó los gritos de rabia, y el choque de las espadas de la desesperación, hasta que desaparecieron dando lugar a los cuernos que anunciaron la victoria. Al escuchar el desenlace de lo inevitable, bajó la mirada posando entonces las manos sobre su vientre, y abandonó aquel lugar para siempre.

Los Asitas tras la victoria se asentaron al otro lado del laguna, pues decían que el suelo donde han yacido los muertos se queda maldito y solo trae desgracias a quienes lo habitan.
De aquella noche nació un varón, el último de los thaadasis, que vivió en la isla hasta el día de su décimo quinto cumpleaños. Cuando una tribu venida del norte del continente, subida en imponentes caballos, desembarcó en sus orillas. Invadió el territorio llevándolos hasta la practica extinción, como un ciclo de venganza que no se cierra; pues a lo largo de los siglos bárbaros, la condición de los pueblos, fue la conquista de la tierra, y de los hombres.




Foto: Forrest Cavale 

miércoles, 1 de octubre de 2014

Arena y espada III





 Las mañanas en el lado de oriente eran mucho mas cálidas y suaves que al margen de los acantilados. Aunque Eython nunca había estado en aquel lugar, los más viejos de la tribu aún recordaban cuando fueron ellos los exiliados. Allí la tierra era rocosa y árida, había poco pasto, y un enorme desierto se extendía a lo largo de toda la región, dejando como único recurso de subsistencia la pesca. Sin embargo ellos poseían árboles frutales, ganado y habían aprendido a cultivar el trigo. Tenían mejores barcos que los Asitas y navegaban hacía el continente, donde comerciaban con otros pueblos. Eython pensaba afianzar las relaciones comerciales y traer otras especies a la isla. Su padre una vez contó, que en un pueblo del norte vio hombres montados sobre animales de cabello largo veloces como el viento, más altos que él mismo y tan nobles como un halcón. Pensaba plantearlo al consejo algún día, pues ese no era el momento idóneo. Apartó la cortina de piel que tapaba la entrada de la maloca y todos los presentes se pusieron en pie para recibirlo. Avanzó ante ellos con solemnidad, como había visto tantas veces hacer a su padre y se sentó en la silla del Thaadasar. La asamblea dio comienzo y habló el anciano mayor.
—Oscuros tiempos se acercan. La victoria ha sido amarga y el pueblo esta cansado. Ciento cincuenta hermanos han cruzado hacia las tinieblas de la mano del dios de la muerte. Rezaremos por sus almas y veneraremos a nuestros dioses.
—Debemos estar preparados. En estos momentos somos más vulnerables y nuestros enemigos pueden aprovechar la situación —habló el primer guerrero.
—Los Asitas han perdido a su líder y a su sucesor en una misma batalla. No estarán en condiciones de preparar un nuevo ataque —dijo uno de los ancianos.
—Argabar tiene razón —indicó el anciano mayor,— es tiempo de buscar la paz. El adversario ha quedado en peores condiciones que nosotros. Las guerras han mermado nuestra población. Necesitamos una alianza entre las tribus.
Un murmullo de voces corrió por toda la estancia.
—Nunca hemos sellado un acuerdo desde que fuimos expulsados más allá del límite —afirmó una voz que predominó sobre las demás.
El anciano mayor levantó las manos pidiendo silencio.
—Mandaremos un emisario con las condiciones de la tregua y esperaremos la respuesta.

Eython intervino por primera vez para dar comienzo a las votaciones y un escriba fue trascribiendo en la piel de un ternero el primer tratado de paz de la nueva era, que finalmente, el Thaadasar firmó mojando su dedo en sangre.

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Foto: Forrest Cavale

martes, 23 de septiembre de 2014

Arena y espada II






 Era la primera vez que Arena Blanca acompañaba a su padre y a su hermano al combate, al contrario que las thaadasis, las mujeres Asitas sí eran combatientes. Habían atravesado los acantilados que limitaban con sus antiguas tierras sin ningún problema, lo cual significaba que los dioses estaban de su parte. En el campo abierto los esperaban más de doscientos hombres que aguardaban con sus rostros pintados de negro y sus lanzas sedientas de sangre. Su padre, Águila Blanca, se acerco al enemigo para parlamentar con Taython el Bravo. Era la costumbre, aunque desde que sus pueblos estuvieron enfrentados, nunca llegaron a algún acuerdo. Su hermano mayor le había advertido que permaneciera siempre a su espalda, que midiera sus pasos y que procurase no manejar la espada, solo las flechas. Cuando comenzó todo, ella junto a las demás mujeres quedaron atrás tensando los arcos. Después de la lluvia de lanzas que esquivaron con escudos de madera, la primera avanzadilla chocó en un estrépito de espadas que con sangre y miembros cercenados fueron cubriendo el suelo de rojo. Arena Blanca entre tanta confusión se le hacía complicado acertar al blanco desde lejos. No perdía a su hermano de vista, cubriendo su espalda en caso de necesidad hasta que la conmoción la dejó paralizada cuando la cabeza de su padre rodó por la hierba. Taython el Bravo levantó la espada y emitió un grito de victoria. Hinchados de coraje los thaadasis acometieron con más fuerza y su hermano anunció la retirada. En ese momento una laza atravesó su espalda y todo el universo se paró en un solo instante. La rabia que brotó del interior de Arena, se materializó en una flecha que surgió de su arco y dio de lleno en el corazón del Thaadasar que cayó al suelo escupiendo un regato de sangre.
Acometieron la huida aprovechando la confusión con el sabor de otra derrota, dejando atrás los cuerpos de sus hermanos que serían quemados por sus verdugos.
Los acantilados les dieron la bienvenida y el chocar de las olas contra las rocas en su estruendo, parecía la risa burlona de los dioses que, una vez más, los habían abandonado.


Foto: Artur Pokusin

lunes, 15 de septiembre de 2014

Arena y espada I







 Cien astas se irguieron veloces señalando al cielo. La primera de ellas, rasgó el firmamento y abrió el camino a una lluvia de lanzas que atravesaron el cuerpo sin piedad. La pequeña balsa se adentró en el lago al compás de unos tambores. En su estela callada, dejaba atrás los pétalos que se habían desprendido de la corona de flores que presidía la proa. Una flecha en llamas le dio de lleno en el pecho y al instante ardió todo. El dios de la guerra lo sentaría a la derecha de su trono. Era su derecho por linaje y valentía. Todos los presagios así lo afirmaron y las odas en su honor sonarían por varias generaciones.
Eython que observaba el crepitar de las llamas desde la orilla junto a su madre, había estado en la batalla. También después, cuando los cuerpos esparcidos cubrían de muerte los campos, y la pesada carga de apilar padres, hijos y hermanos para que el fuego purificara sus almas, se hacía más ardua que el mismo combate.
La balsa terminó de hundirse en el lago dejando el reflejo de las últimas llamas sobre el agua, y los tambores cesaron. Los asistentes volvieron en silencio a sus cabañas, con el luto en sus almas y la certeza de que la guerra aún no había acabado.

Eython caminó junto a su madre que aún lloraba en silencio. La mujer del Thaadasar no debía mostrar debilidad, ni siquiera por la muerte de su esposo. Era la filosofía de los Thaadar, el pueblo del que ahora heredaría el título de su padre. Temía no estar a la altura. Su abuelo Maython el Grande había conquistado a los Asitas las tierras de oriente de la isla donde siempre habían vivido, les pertenecían por derecho. Su padre Taython el Bravo, trajo el progreso a la agricultura, al comercio y la ganadería, mantuvo a los invasores al margen de sus tierras, más allá del límite, donde los acantilados eran tan salvajes que atravesarlos hacían muy penosos los intentos de escaramuzas. Y aún en esta última batalla, donde había caído con honor, llevándolos una vez más a la victoria, había demostrado ser digno de su título. Ahora estaría sentado a la derecha del dios de la guerra, observando todas sus decisiones. Eython dejó que su madre adelantara sus pasos y volvió la vista atrás hacia el lago. La caída de la noche había cubierto de oscuridad el firmamento, y el agua había terminado de engullir los últimos vestigios de la barca. La luna ajena a la escena, hacía su primera aparición detrás de los árboles para elevarse por encima de la laguna.


Foto: Tanvi Malik


sábado, 6 de septiembre de 2014

Una muñeca






Era tan pequeña como un botón y había salido de una caja de costura. Estaba remendada con diminutos retales que habían ido sobrando para que luciera bonita en el vestido que estaba confeccionando la abuela. Tenía unos rizos rubios elaborados con hilos, una boquita en forma de sonrisa y un trajecito de cuadros. Cuando Martina la vio por primera vez, pensó que no existía muñeca más diminuta y besó a su abuela por el detalle. Le puso por nombre Lucecita, e iba a ser el centro de un cinturón rosa para un vestido blanco.
Todo eso sucedió cuando todavía las niñas llevaban colores alegres. Después los tiempos cambiaron; llegó la dictadura, sus padres desaparecieron y la abuela se durmió sin terminar el vestido. En el hospicio de San Antonio para señoritas la uniformaron con un sayo de lona gris. Se casó de negro, como la mayoría de mujeres humildes; y en un pliegue de los bajos, entre la enagua y la falda, cosió a Lucecita, para que también asistiera a la celebración.


lunes, 11 de agosto de 2014

El muro





Un muro separó tu querer y el mío.
Al acercar la oreja podía oír los latidos retumbando en la piedra.
Al rozar con la mano, una vibración recorría mis dedos y moría en los vellos de mi nuca.
Al aproximar mi boca en un beso exhalado, escupía un viento que movía mis cabellos.
Si solo miraba en silencio, la simple acción de concederte interés, producía unos golpes secos en el tabique que retumbaban en mi corteza cerebral.
Dios sabe que lo intenté. Paleta, cemento, y aún así, no pude callar tu corazón irreverente.




Foto:  Martin Wessely

martes, 8 de julio de 2014

Las espigadoras de Millet





Había salido de un cuadro. De un cuadro de Millet que había dejado incompleto. Cuando descubrió la lavadora, la aspiradora eléctrica y el lavavajillas abrió tanto los ojos, como los platos que alzó mirando con asombro. Yo era entonces un niño, y no tuve reparo en enseñarle el funcionamiento de los aparatos del hogar. Cuando me preguntó cómo hacíamos el pan, le contesté que lo traía el panadero todas las mañanas. Después salió por la puerta y no supe más de ella.
A los dos días mi madre reparó en el lienzo y nos preguntó si faltaba una espigadora. Mi padre aseguró que siempre había habido dos, y yo contesté que se fue buscando al panadero. Creo que no me escucharon. Mi madre se sentó en el sofá quejándose del día tan duro de trabajo que había tenido, volvió a mirar el cuadro y finalmente aseguró que siempre fueron dos las campesinas. Sin embargo, desde entonces, el panadero dejó de traer el pan por las mañanas, y en su lugar, empezó a venir una chica.