miércoles, 26 de febrero de 2014

Guante largo de satín


La ropa ordenada en perfecta sintonía con el vestidor, pinta de colores las estanterías. Colgados en las perchas, vestidos, abrigos de piel, camisas de seda, invitan a vestirse para el carnaval de la vida.
Marieta dudosa, observa y decide mientras acaricia los vestidos con sus dedos.
—El brillo de las lentejuelas se mezclará con el rojo carmín y pondrá la pincelada de glamour a esta noche.
—Da igual, nadie se fijará en ti.
—He pensado, que mejor que lentejuelas, tengo un vestido de raso negro, como el de Rita en “Gilda”.
—Tú estás más gorda.
—Además, conservo unos guantes largos de satín en algún sitio. Deben de estar por aquí…
Marieta empieza a buscar en unas cajas en el altillo.
—¡Mira lo que acabo de encontrar! Un broche esmeralda. Le dará un toque de color al negro. ¿No te parece precioso?
Luciano alza los ojos por encima de sus gafas de lectura y responde:
—Me parece uno más de todos los que tienes.
—Aunque he pensado, que las lentejuelas son más apropiadas que el raso. Es una fiesta alegre. Las puedo combinar con una estola de piel. ¿Tú que opinas?
—Sabes que no me gusta que lleves encima bichos muertos.
—Me he decidido. Lentejuelas y estola —Muy despacio, como si de un ritual se tratara,  se sienta en el tocador y comienza a cepillarse el cabello—. Solo me queda decidir que tipo de recogido quiero. El italiano siempre me ha sentado bien.
Los mechones se escurren entre sus dedos que hábilmente manejan horquillas y enlazan bucles en una composición perfecta, fruto del hábito conseguido en noches de fiesta y glamour.
Al pintar de carmín sus labios, una línea roja se sale del trayecto trazado, dividiendo en dos la mejilla.
Los destellos del vestido reflejados en el espejo del tocador, no impiden ver a Luciano, una lágrima que se escapa entre arrebol y el afeite del rostro.
—No llores...
 Le acaricia el cabello blanco, mientras deshace el recogido, quitando una por una las horquillas que tan bien estaban colocadas, para comenzar a desmaquillarla. Marieta se deja hacer como si de un muñeco de trapo se tratara. Solo opone una leve resistencia cuando Luciano intenta colocarle el pijama.
—Ha sido una fiesta maravillosa querido —dice con la mirada perdida—. El vestido de lentejuelas ha sido todo un acierto. Mañana nos han invitado a otra, iremos después de la ópera.
—Sí, claro que sí. Y elegiremos otro vestido, quizás el de raso negro, o el de seda; el que compramos en china. Con cualquiera de ellos serás la más bella.

Luciano, la arropa como cada noche y vela por sus sueños. Sueños que viajan a tiempos pasados, cautivos seniles del encanto y la seducción; que han cambiado una lágrima desorientada, por una suave sonrisa al soñar.




4 comentarios:

  1. Maravilloso, emocionante, con esos finales tan sensibles que tienes tantas veces, genial Rosa, muy fan de tu estilo. Un besazo!

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  2. Gracias! Me han sorprendido gratamente vuestros comentarios

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